Es una idea de sentido común el afirmar que somos individuos humanos y, por lo mismo, responsables de nuestros actos. Para aquello hemos sido dotados con una propiedad universal: la razón. Su buen uso nos permite tomar correctas decisiones; su mal uso nos vuelve culpables de esa discriminación: de eso depende la libertad humana. Razón, individuo y libertad son conceptos con un profundo peso en la tradición occidental y configuran una cierta estructura interna de sentido. “El liberalismo como tradición del pensamiento que centra su preocupación en la libertad del individuo”2, lo pone a él como fundamento de lo social.

          ¿Tiene algo de malo sostener esta visión de mundo? No, porque ser un punto de vista supone inclinarse por una visión de mundo que nos constituye como sujetos; y, de forma simultánea, realizar las acciones que conforman y materializan esa forma de mundo singular. Sin embargo, debemos ir más allá de lo respetable o lo deleznable al momento de analizar una cierta perspectiva: nuestra tarea es entender si la coherencia de sus premisas se sostiene; esto permitirá comprender si opera en ella alguna ficción interna.

          Recordemos la siguiente afirmación: “la filosofía de Spinoza nos permite desmitificar las ficciones materiales enraizadas de nuestra cultura”3. Entonces, ¿una sociedad fundada bajo el principio del individuo como unidad mínima es una idea adecuada?

          Descompongámosla de forma breve: si el individuo es el fundamento de lo social, entonces lo social depende del individuo. Para definir ese fundamento mínimo, debemos aislarlo y así encontrar sus características diferenciales; pero al reducir al mínimo lo social para encontrar esas partículas individuales, aparece un raro mundo: uno sin relaciones, sin lenguaje, sin interacciones, sin cualidades. En definitiva, desaparece todo aquello que conforma nuestra realidad vital.

          En la filosofía de Spinoza, tal modo de comprensión de lo social cambia el efecto por la causa. “No hay solo una realidad, un solo individuo ni una sola cosa que pueda ser especificada, individuada, determinada de otro modo que no sea por la red de causación de la cual resulta”4. ¿Eso quiere decir que el fundamento de lo social es lo colectivo? Esa sería la respuesta rápida: al ser descartado el carácter individual, el relevo debe ser tomado por su opuesto: la totalidad social. Nada de eso ocurre en Spinoza: ni una propiedad omniabarcante ni una unidad mínima; para comprender el complejo entramado que somos debemos centrarnos en las relaciones y los vínculos.  

          Más que seres con propiedades esenciales, somos sujetos en movimiento al interior de sociedades en constante estado de creación. Eso sucede porque la explicación de lo social se realiza mediante el análisis de esos mismos vínculos y relaciones efectuadas en el hábitat social. Aquello que llamamos libertad solo puede ser el resultado de una conquista realizada por la posición del sujeto en la red social en que habita. En palabras de Spinoza, somos siempre multitudes (multitido)5.

          Es habitual escuchar frases como “soy libre para hacer lo que yo desee con mi vida” o “puedo alcanzar lo que yo quiera con mi propio esfuerzo”. Pero no podemos ser millonarios solo con desearlo o no podría ver, si fuera ciego, aunque me esforzara; tampoco puedo suprimir la ley de gravedad por decreto unilateral o borrar el cúmulo de relaciones vitales que cada día un sujeto experimenta. El ethos del American Dream es solo una ficción y su correlato perfecto es la idea de un individuo que determina lo social, porque tiene razón universal y libertad para elegir6

 

 

 

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2 Losurdo, D. (2007). Contrahistoria del liberalismo. El Viejo Topo, p. 11
3 Ver “1. Nota inaugural”.
4 Albiac, G. (2011). Sumisiones voluntarias. La invención del sujeto político: De Maquiavelo a Spinoza. Tecnos, p. 239.
5 Spinoza, B. (2010). Tratado político, cap. VII, § XXXI.
6 Friedman, M. (1966). Capitalismo y libertad. Ediciones Rialp.